miércoles, 25 de febrero de 2009

Clase 24 febero 2009

Lección introductoria al curso.

1.-

Antes de abordar el propósito didáctico del curso, quisiera referirme a las preocupaciones que le dieron origen y que habrán de servirme de guía a lo largo del tiempo que vamos a compartir en el aula. Nunca había tenido la oportunidad de impartir una clase para centrarme en intereses intelectuales totalmente personales.

Aunque he dado cursos optativos con temáticas escogidas por mí mismo, siempre me he sustentado, en mayor o menor grado, en el propósito de exponer lo que ofrece un autor, o un grupo de autores. Por alguna razón que bien valdría la pena explorar, muchos o casi todos los profesores estamos acostumbrados a repetir ante los alumnos las ideas de otros. No quiero decir que uno siempre y en todo momento debería ser original en lo que dice frente a los estudiantes. Eso, por supuesto, no es posible. Finalmente, como dice la vieja máxima, no hay nada nuevo bajo el sol, y el pensamiento siempre se construye con o contra realizaciones intelectuales previas. Sin embargo, creo que un profesor que aspire a respetarse a sí mismo debería intentar pensar por cuenta propia cuando menos de vez en cuando. Se trata de ir un poco más allá de lo que han dicho otros, tratar de criticarlos, buscar generar miradas distintas; se trata, en todo caso, de plantearse problemas cercanos a uno mismo. Deberíamos intentar expresar reflexiones ligadas a situaciones que nos vinculen, de alguna manera, con la particularidad de nuestras vidas, con nuestros intereses y con nuestra circunstancia. Creo que si es eso lo que se intenta se podrá dar un paso, pequeño, ciertamente, pero importante, hacia la originalidad.

Aparte de la dificultad intrínseca que entraña la búsqueda y el logro de la originalidad, muchas cosas atentan contra ella. En la universidad se nos suele enseñar a pensar la realidad a través de enfoques producidos por otros y para otras latitudes. Acaso debido a las pretensiones de absolutizar el conocimiento y asentarlo sobre bases sólidas, se intenta construir cánones establecidos, establecer criterios de demarcación entre aquello que posee la autoridad del conocimiento y aquello que no es digno de llevar la etiqueta de hallazgo científico. Esa ha sido una aspiración de la moderna sociología bajo la influencia del positivismo y el cientificismo. Se trata del consabido propósito metodológico de separar la metafísica del conocimiento. La meta, se nos ha dicho, es hacer a un lado, en la práctica del sociólogo, la ideología, las prenociones, las explicaciones prácticas que los seres humanos tienen acerca de sus vidas, las creencias que dan sustento a la vida social en el día a día.

(La tesis de Jacob; no tirar el niño con todo y el agua sucia. Es importante considerar que las reglas metodológicas tienen la función de señalar criterios para orientar el quehacer intelectual, de manera que distingamos la buena ciencia de la mala…)

¿Hacia dónde nos conduce todo eso? Yo creo que, entre otras cosas, nos conduce a la paradoja de erradicar nuestra propia capacidad de examinar la realidad por nosotros mismos. Nos condena a la necesidad de utilizar muletas mentales, de manera que terminamos convirtiéndonos en lisiados intelectuales. Y lo que es peor: en un caso extremo solemos tratar de vivir la vida intelectual de otros, o de pensar la sociedad y la historia, por ejemplo, desde la perspectiva de enfoques creados y pensados para otras realidades, para otras épocas históricas y también, por supuesto, para otras circunstancias existenciales. Es como si, debido al culto por los grandes autores, renunciáramos a ejercer nuestro propio sentido común. No quiero dar a entender que uno se puede volver original impartiendo un curso dedicado a preocupaciones que cree propias por el simple hecho de no corresponder a ningún plan de estudios predeterminado, o por estar organizado de acuerdo a preferencias que uno considera personales. Tampoco quiero dar a entender que por el simple hecho de dar un curso “institucionalizado” uno está privado de toda posibilidad de ser original en alguna medida. Por otro lado, la incapacidad para pensar por cuenta propia también puede presentarse cuando el profesor se inscribe en esquemas de pensamiento que explícitamente rechazan el positivismo. Esto significa que el asunto de la originalidad, la capacidad para pensar por cuenta propia, no está en función de la utilización de alguna metodología en particular. Sin embargo, las metodologías rígidas con que a veces se trabaja en los ambientes académicos pueden inhibir la creatividad intelectual en aras del rigor y la objetividad.

¿Qué es la originalidad? ¿Tiene tanto valor por sí misma como para que merezca la pena interesarse en ella? La originalidad es una cualidad que tiene que ver con la unicidad, el carácter distinto, particular e irrepetible, de una obra o de un acto, de un pensamiento o de un argumento. La originalidad responde a la capacidad para exteriorizar elementos de la personalidad que son particulares y que no se comparten con los demás: una reflexión, un grupo de notas musicales, una imagen, una acción plástica, una estructura arquitectónica, una forma, un modo de expresión… Todos estos elementos son, de alguna manera u otra, proyecciones de la subjetividad. Lo que pueda haber de originalidad en una obra o en una acción de cualquier índole responde al hecho de estar en relación con un quieny no con un que. En cambio, aquellos elementos en una obra o en una acción que no son susceptibles de ser considerados originales se correlacionan con un "que" y no con un "quien". Es decir, cuando uno inquiere por el origen de una obra o de un acto la pregunta se fórmula así: ¿quién la hizo?, y no así: ¿qué la hizo? (Arendt, La vida del espíritu). La originalidad, en lo que tiene de prístino, es contraria a la reproducción mecánica y a la repetición, se opone a la imitación y al conformismo con lo establecido. De ahí se sigue que los aspectos no originales de algo están en función de procesos ajenos a la individualidad creativa: causas, factores, procesos… En todo caso, las obras y los actos, en sus aspectos no originales, no son "hechos" en el sentido de haber sido realizados o creados por alguien, sino que son la consecuencia de procesos de fabricación, producción o provocación. Explicar tales obras y actos, implica responder a la pregunta ¿en qué consiste su proceso de producción?

La originalidad es cercana a la autenticidad y por momentos ambas pueden coincidir, aunque de ninguna manera deben ser consideradas como sinónimos. Se puede ser auténtico, es decir, coherente con los sentimientos o propósitos de uno mismo, sin pretender ser original; lo contrario es igualmente correcto: se puede ser original, en términos de desarrollar creaciones de valor único, sin pretender ser auténtico. Se trata de conceptos que responden a lógicas distintas. La autenticidad es una categoría fundamentalmente moral y suele denotar aspectos de índole psicológica; la originalidad, por su parte, es una categoría estética y teórica. Considero que la originalidad tiene valor en la medida en que procura una forma de realización de la plenitud humana. Expresar la propia individualidad tal vez sea uno de los goces humanos más altos que se puedan alcanzar. No es casual que lo contrario de la expresión de la propia individualidad sea una condición conceptualizada por el pensamiento crítico: la alienación. El marxismo ha definido a la alienación como el hecho de que el ser humano no se reconozca en los resultados de sus actos, la situación en la que los trabajadores se convierten en apéndices de máquinas o en componentes de procesos de fabricación de objetos en serie, la circunstancia en la que los productos de la actividad humana devalúan la capacidad creativa y la convierten en un simple factor de producción. Creo que la contraposición entre realización de la originalidad y la alienación explica el hecho de que filósofos como Theodor Adorno hayan considerado al arte como una vía de emancipación humana.

Pero el valor de la originalidad no reside únicamente en lo que procura desde el punto de vista de la realización de lo humano o de la consecución de placer estético. La originalidad puede ser también un componente del proceso del conocer, un elemento heurístico. El análisis, el examen, se vuelven originales si logran descubrir hechos novedosos, hallazgos que no existían, o si logran visualizar bajo puntos de vista distintos los mismos hechos generando con ello nuevas explicaciones de la realidad o haciendo posible la existencia de nuevos modos de dar significación a esta última. El filósofo Karl Popper, en una de sus obras clásicas, sostiene el punto de vista de que el conocimiento científico es un proceso sin sujeto. Según entiendo, esto quiere decir que para conocer de forma científica el investigador debe proceder de acuerdo con un método que, en el análisis de la realidad, erradique la participación de elementos subjetivos. Los enunciados científicos deben estar construidos de modo que se refieran a realidades susceptibles de ser reconocidas y explicadas no por una sola persona sino por una pluralidad de personas. La prueba de un intento de explicación de un fenómeno consiste en ponerlo a disposición de los demás para ser criticado y, en su caso, refutado. ¿Si esto es correcto, y creo que lo es, quiere decir que para hacer ciencia es necesario hacer a un lado la originalidad por lo que esta contiene de subjetiva? ¿Cuál es el papel de la originalidad en la ciencia? ¿Es distinta esta última a la originalidad en el arte?

La distinción entre lógica del descubrimiento y lógica de la justificación, también, por cierto, de raigambre popperiana, nos da una pista para intentar responder a la primera pregunta. En todo caso, diría Popper, el descubrimiento puede proceder de múltiples maneras: desde la intuición y la mera ocurrencia hasta el razonamiento ordenado; su lógica es no tener lógica alguna. En cambio, la lógica de la justificación va más allá: supone la racionalidad de los enunciados y su construcción bajo condiciones de refutabilidad, es decir, condiciones de contrastación en última instancia con el comportamiento de la realidad. Podría afirmarse, pues, que la originalidad se restringe al momento creativo y queda suprimida en el momento de la justificación: un enunciado científico subsiste en la medida en que deja de ser producto de un sujeto individual y puede ser reconocido como válido por los demás que se apropian de él. Sin embargo, cabe la pregunta: ¿eso es atentar contra la originalidad? La respuesta es que no, puesto que los enunciados, por más que deban estar construidos de manera que puedan ser examinados y refutados críticamente por una pluralidad de seres humanos, pueden seguir siendo originales en el sentido de que apuntan a hechos desconocidos o generan significaciones igualmente novedosas. De alguna manera, también en el arte ocurre que las realizaciones de los creadores deban ser “confirmadas” por un público en el sentido de ser reconocidas como portadoras de significados expresivos de valía. Esto no les quita su originalidad ni hace irrelevante la autoría que les dio su origen. Evidentemente, la lógica de acumulación de conocimientos que preside el desarrollo científico no ocurre en el arte. En éste, las obras no pueden ser refutadas en el sentido en el que sí lo pueden ser los trabajos científicos: las obras de arte conservan su valor aún a pesar de que surjan otras distintas. En cambio, la lógica del desarrollo de la ciencia implica que los hallazgos estén necesariamente destinados a su refutación por nuevos hallazgos en un espiral que no termina nunca.

¿Quiere decir entonces que en la medida en que los conocimientos novedosos, generados alguna vez por individuos creativos, son validados por los demás, están condenados a perder su originalidad? Esta pregunta prefiero dejarla abierta por ahora. Acaso pueda discutirse en la clase. Como otro elemento para la clase, debo decir que encuentro una cierta afinidad entre el planteamiento expresado arriba, de la diferencia entre lógica del descubrimiento y lógica de la justificación, con la distinción weberiana entre relación de valor y momento explicativo. ¿Ofrece la relación de valor elementos de originalidad? ¿Se pierde ésta en el momento de la contrastación con la cadena de hechos explicativos? ¿Dónde queda el rol que juega la imaginación sociohistórica en todo esto?

2.-

El punto de partida del presente curso está definido por el propósito de construir una idea de la sociología. Más precisamente, una idea de su sentido, su visión y su método. ¿Tiene la sociología un sentido hoy en día? ¿Cuál es, propiamente, su visión, su perspectiva? ¿En qué consiste la mirada sociológica? Más todavía, ¿podríamos hablar de un método para la sociología cuando lo que hoy prevalece es la tendencia a la especialización constante y a la fragmentación de puntos de vista? Debe añadirse que hay otro punto de partida: la necesidad de alimentar al quehacer de la sociología con perspectivas generadas desde otras disciplinas o áreas del quehacer intelectual. Un estudiante cuyo bagaje previo le permita pensar sin supuestos tal vez se sorprenda con la sola posibilidad de formular estas preguntas. Paso a tratar de explicarme: sería pertinente, por ejemplo, preguntarse por el sentido y la visión de la física. Seguramente sí, ¿pero se trata realmente de preguntas similares? ¿Cuándo hablamos de del sentido de la física nos referimos a algo parecido que al sentido de la sociología? Tal vez esa pregunta, para el caso de la física, se responda diciendo que hoy en día la física estudia esto y aquello, y que los problemas que le atañen son este y este otro. Y tal vez alguien pueda afirmar que eso mismo ocurre en el campo de la sociología, y lo que hoy estudia la sociología es distinto a lo que estudiaba ayer, y que los métodos empleados difieren de tal y cual manera con respecto a los empleados en el pasado. Y que entonces el sentido y la visión de la sociología cambian constantemente; en todo caso, están en función del descubrimiento constante de nuevos hallazgos que expandan la capacidad para explicarnos y explicarle al público la vida social. Quien piense esto último de alguna manera, creo yo, asume que la ciencia social trabaja de acuerdo con una lógica de acumulación de conocimientos. Si esto es así, se diría, por qué tiene que existir un curso en el que un profesor nos hable de la visión, el sentido y el método de la sociología.

Acaso la trayectoria del curso no sea más que el propio camino seguido por el profesor en su zigzagueante y no siempre afortunado intento de dotarse a sí mismo de una comprensión del mundo. ¿Será, después de todo, sociología? Esta es, por supuesto, una pregunta que no se puede responder a priori, sino después de terminado el curso. Es evidente que una tentativa intelectual como la que aquí se presenta no está exenta de supuestos sino todo lo contrario. El supuesto básico, precisamente, es la consideración de que la práctica de la sociología está abierta a la proyección de la propia creatividad de quien la cultiva. En ciencias sociales no hay cánones establecidos ni criterios rígidos, paradigmas consolidados que determinen los caminos a seguir: el campo de realidad a indagar, los problemas a resolver, las herramientas a utilizar… En gran medida, la sociología es una disciplina en la que prevalece una gran indeterminación. Yo la concibo como un campo abierto al ejercicio de la creatividad. No tiene un paradigma único. Es probable que esto se deba al hecho de que los problemas que indaga son, en buena medida, de corte filosófico. Con Isaiah Berlin podemos decir que la sociología trata de responder a preguntas sobre estados del mundo real pero también a preguntas para las que no existe un método de investigación definido. Como él diría: las ciencias sociales están a medio camino entre las ciencias factuales y formales, por una parte, y la filosofía, por la otra. Pero la indeterminación no se debe solamente al carácter filosófico de muchos de los problemas que estudia la sociología; también se debe al hecho de que no cuenta con una estructura conceptual única y compartida por una gran comunidad científica. No hay consenso en cuanto a la naturaleza del objeto de investigación. Algunos de ustedes pensará: el objeto de estudio es la sociedad, o las relaciones sociales, y si esto es así no parece haber razón por la cual no exista consenso conceptual en la sociología. Resulta que casi todos los sociólogos importantes ofrecen definiciones distintas acerca del objeto de su disciplina, además de que ofrecen definiciones distintas de la sociología. ¿Cómo salir de este atolladero? Es imposible hacerlo de forma absoluta. Me parece que la sociología es una disciplina destinada a permanecer en un estado de crisis. Pero esa no es una circunstancia necesariamente lamentable. Sería lamentable si trabajamos bajo el modelo de cientificidad de las ciencias naturales o formales. En todo caso, es una circunstancia no elegida por nadie. Así es y hay que enfrentar la situación. Lo que existe es una multiplicidad de caminos abiertos para el estudioso de lo social. Desde la escala de análisis (lo micro, lo marco, lo meso, el presente, el pasado) hasta el énfasis en los aspectos de la vida social a estudiar (el conflicto, la estabilidad, el cambio, la evolución, la revolución, la reproducción, la permanencia, el conformismo social, la anomia, etc.). ¿Debemos privilegiar el estudio de unas instituciones en lugar de otras? El problema comienza en que no tenemos una idea precisa de la vida social como tal.

La sociología nació como una disciplina obsesionada con la idea de alcanzar el estatus de ciencia, a la manera de las ciencias naturales o formales. Nació también con la misión de constituirse en un recurso crucial y eficaz para resolver los grandes problemas generados por el moderno orden social capitalista. Sin embargo, esos objetivos, a lo largo del tiempo, serían difíciles de alcanzarse, por no decir prácticamente imposibles. En vez de constituirse como una disciplina dotada de un conjunto de presupuestos conceptuales, epistemológicos y metodológicos claros y compartidos por una comunidad de cultivadores, la sociología se convirtió, más bien, en un campo de confrontación entre posiciones diversas muchas veces contradictorias entre sí. Asumir las consecuencias que de ello se derivan es crucial para dotarse de una forma de practicar la disciplina sociológica. Para decirlo de otro modo: tarde o temprano, el estudioso de la sociología, o el investigador de lo social con pretensiones sociológicas, está obligado a asumir una posición “metodológica” pero también existencial, o, mejor dicho, está condenado a desarrollar una manera de ejercer su actividad con determinada coherencia, consistencia y oficio. Es un asunto que, bien pensado, toca las fibras intelectuales y morales más íntimas de la existencia del sociólogo. Sólo es posible escapar de ese predicamento, y, por lo tanto, no encararlo de frente, si uno se decide a aceptar de manera acrítica los cartabones del formalismo del método o si se internalizan los dogmas de alguna de las iglesias sociológicas en boga, o algunos de los credos “científico-sociales” de moda.

¿Y si no se asume la fe en los dogmas de los credos, qué queda? No queda sino correr riesgos e intentar pensar por cuenta propia, hacerse de un oficio intelectual, camino que, por cierto, es el único que, en opinión del profesor, puede conducir a alguna parte. Desde ahora, vale la pena poner en claro que la búsqueda de "la Verdad" la Verdad, con mayúsculas, es algo que aquí, en este curso, se pretende poner entre paréntesis o, para decirlo de otro modo, se pretende dejarlo para mejor ocasión. Con esto no se quiere decir que todo valga o que la sociología --¿debe decirse, la mirada sociológica?—debe abandonar la búsqueda de criterios para distinguir los enunciados válidos de los que no lo son. No se asume aquí que la sociología deba abandonar toda pretensión de racionalidad o de rigor. La búsqueda de la originalidad no está reñida con la racionalidad…